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Presento en primicia algunas notas tomadas de una próxima publicación en esta materia. He excluido el aparato bibliográfico (que ya expondré en su momento). Distingo entre uso torticero y torpón del lenguaje -por un lado- y feminismo en un sentido amplio -por otro-.
- Registradas, pues, estas primeras conquistas ya logradas por el nuevo argot, se hace inevitable observar los cadáveres intelectuales que quedaron atrás. Entre las víctimas de la neolengua, se halla la tradición femenina literaria y filológica que ha engrandecido las lenguas románicas. Pongamos María Moliner como ejemplo, sin dejar de lado la legión de escritoras que han pulido el castellano, el catalán, el gallego, el portugués…Una minoría bien situada a nivel ideológico ha decidido qué es lo que le conviene a la mujer desde el punto de vista lingüístico y es posible que haya considerado que a las féminas -quizá, en su visión, con menor bagaje lingüístico- tampoco iba a importarles demasiado una buena dosis de trapacería expresiva. También se ha dado el portazo, por supuesto, a las autoras que consideran que existe una huella de dominio de un sexo sobre el otro en el idioma, pero que eso no se soluciona con feos y artificiosos parches.
- Hay aquí algunos equívocos que conviene aclarar. En el amplio abanico de posiciones sobre el uso del masculino para el género no marcado hallamos, por ejemplo, mujeres preocupadas por la cuestión feminista que consideran que la regla citada carece de relevancia en el debate, es una característica “inocente” del sistema lingüístico y, por tanto, la preocupación política debe ir por otros derroteros sociales. Es más, precisamente -como ya dijimos- se ha reprochado a menudo al “lenguaje inclusivo” y a la insistencia en su uso una función de maquillaje o de narcótico para evitar la discusión sobre desigualdades efectivas (en ámbitos laborales, familiares, etc.). Por supuesto, esta crítica no ha hecho mella en los que empuñan el papel mágico del lenguaje en la configuración de la realidad. Algún autor, por cierto, ha anotado que la insistencia obsesiva en el uso de un supuesto “lenguaje inclusivo” podría debilitar y aún perjudicar la causa feminista, que no se merecería esta broma. Pero de este riesgo no se registra ninguna conciencia y su alusión para nada amilana a los reformadores del habla.
- Otra postura, no obstante, entiende que la presencia de esa norma de uso del masculino genérico deriva, efectivamente, de tiempos de dominación patriarcal, no del todo superados. Sin embargo, se considera que las alternativas hasta ahora expuestas son inapropiadas y mueven al escarnio (sobre esto último hablaremos posteriormente).
- Es decir, no existe una correlación directa entre la asunción de principios feministas (dicho esto con una cierta amplitud e imprecisión) y el uso del llamado “lenguaje inclusivo”. Se puede estar profundamente preocupado por la igualdad formal y real de las personas de diferente sexo y rechazar al mismo tiempo el uso de la complicación “inclusiva”. Y, viceversa, puede advertirse un enorme desinterés por estos desequilibrios e inequidades sociales que, no obstante, se disimula con un vibrante empleo de dobletes y otras martingalas.
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