Y el Derecho laboral se fue por la alcantarilla.

[Dentro de nuestra sección de «Sábados exclusivos«]

         Me encuentro en el pasillo con unos compañeros laboralistas. Son unos magníficos profesionales, con el punto de sensibilidad ideológica que suelen tener los cultivadores de esta rama. Explican que están redactando un informe y que tienen dificultades para seguir las reglas bastardas de ese trampantojo del “lenguaje inclusivo”. Me sorprende ver a esta brava gente arrodillada ante la paparrucha supersticiosa. Escuchando sus cuitas, me hago una idea del problema:

         1.-Como ya hemos dicho en otras ocasiones, el objetivo es no decir nunca “trabajador”. Es cierto que el Estatuto aún guarda esta infame palabra, pero tiene los días contados. Desde luego, hay que tener bemoles –en estos días de memorias históricas- para renunciar a ese término. No tengan miedo, señoras y señores, que “trabajador” –cuando opera como género no marcado- incluye a los obreros del metal y a las muchachas de bata azul de las factorías, a las mujeres con las cestas de la cosecha y a los hombres de la mar-.

         2.-Por tanto, apareció un listillo (existe en todas las oficinas y centros de trabajo) y dijo que había que duplicar. Esto es, “trabajadores y trabajadoras” en todos los textos legales. Se planteaban así dos inconvenientes:

                            a)¿Qué ocurre cuando no se desdobla y sólo se habla de “trabajador”? Las normas laborales de los últimos años suelen mostrar esta patología de la amnesia inmediata (o quizá de algún exceso alcohólico): duplican en los primeros artículos y vuelven a la forma correcta en los últimos (normalmente, en las disposiciones finales y transitorias ya no se está por tonterías).

                            b) El segundo problema es la pesadez. El mundo laboral es dinámico, activo y aguerrido y no me imagino una asamblea para la discusión del convenio teniendo que repetir a cada paso “trabajadoras y trabajadores”. Observen ustedes por ejemplo  que, en los debates parlamentarios, cuando la cosa se calienta nadie habla de ese modo (ni siquiera los más acérrimos defensores del invento).

         3.-Pero el mismo listillo de antes  (o quizás otro) no se rindió y nos regaló la infección de la “personitis”, a la cual ya nos hemos referido en esta sección en varias ocasiones: no hace falta desdoblar, pero hay que decir “persona trabajadora”. Como se ha proclamado hasta la saciedad, este término sólo ampara a las personas diligentes, pero las personas torpes y perezosas (no trabajadoras) no pueden ir a Magistratura.

         4.-La expresión cursi que comentamos, no obstante, ha de tener su contraparte y esto generó mayores dificultades. En efecto, el escenario contractual iba a resolverse con estas dos posiciones:

                                      -Empresario o patrón (sí, sí, esto último es ya muy antiguo).

                                      –Persona trabajadora.

         5.-Por razones que no vienen al caso, a los listillos no les gusta duplicar ciertos conceptos y no suele hablarse de “empresarios o empresarias”, “promotores o promotoras”, “grandes tenedores o grandes tenedoras”… Sin embargo, la opción de “persona empresaria” para evitar el desdoblamiento no entra ni con calzador. De hecho, no la he visto en el BOE (si algún lector caza el gazapo, se lo agradeceré efusivamente).

         6.-Pero nuestro listillo es como el “mago Pop” y siempre sale por donde menos te lo esperas. Empezó a recorrer el gris vocabulario de nuestra vida en el tajo y pensó que podía servir este triste término: “empleador”. Duplicarlo era grotesco: “el empleador o la empleadora” es casi un trabalenguas. Pues nada, le metemos una inyección de “personitis” y se arregla la chapuza: “la persona empleadora”.

         7.-Todo era felicidad con el hallazgo y así puede verse en el Real Decreto-ley 16/2022, de 6 de septiembre, para la mejora de las condiciones de trabajo y de Seguridad social de las personas trabajadoras al servicio del hogar (un bodrio lingüístico, como ya analizamos aquí:*).  Sin embargo, es verdad que esta norma sólo incluye a personas físicas dentro del vocablo “persona empleadora”. Ya veremos si se generaliza.

         8.-Por el momento, pues, sigue resistiendo el art. 1.1. del Estatuto de los Trabajadores:

                            “1. Esta ley será de aplicación a los trabajadores que voluntariamente presten sus servicios retribuidos por cuenta ajena y dentro del ámbito de organización y dirección de otra persona, física o jurídica, denominada empleador o empresario.”

         Pero ya sé que los listillos siguen merodeando por donde acampa este precepto y aguardan el momento para cambiar “trabajador” por “persona trabajadora”. A partir de ese instante, el factor trabajo ya no será un elemento sustantivo, nuclear y esencial –como lo es en “el trabajador”-, sino un mero adjetivo, un accidente añadido a la persona.

         En consecuencia, el contrato al que nos referimos será firmado entre dos personas y éste es el dato que pasa a ser  primario y fundamental. No es ninguna novedad, claro. Volvemos así  al terreno clásico del contrato civil, que no precisa de la pesada muleta tuitiva del Derecho laboral. No digo que este resultado esté bien o mal. Simplemente constato que el legislador se sitúa en los tiempos anteriores al Código de Trabajo de 1926 y a la Ley del contrato de trabajo de 1931. Les regalo a mis amigos laboralistas del pasillo un ejemplar del Castán.

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Fotografías: * y **.

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Sábados exclusivos. Un argot inservible.

1.-Una buena manera de examinar el funcionamiento de esos trampantojos que se llaman “lenguaje inclusivo” consiste en observar su uso en un texto científico. He tomado como ejemplo un magnífico trabajo de Cristina Enguita-Fernández, que lleva el título de “Indigenismo mbroro: algunas claves para una lectura en femenino” (2021)[1]. Es una reflexión  interesante por sus objetivos y por sus resultados: el análisis de la posición de las mujeres y las diferencias sociales y de perspectiva de ambos géneros en la construcción y actuación de esa comunidad. Se trata de un grupo de indígenas dedicados al pastoreo que se incluyen –con llamativas peculiaridades- dentro de la gran categoría étnica peul (o fulani, fulbe o fula). Se sitúan principalmente en Camerún.

Durante las casi treinta páginas del estudio no hay ninguna concesión a las duplicaciones, abstracciones y complicaciones “inclusivistas” (con las excepciones que precisaré luego). Por todo el texto figuran sin complejos (afortunadamente) los “primeros habitantes”, los “habitantes primigenios”, los “africanos indígenas”, los “observadores”, los “cazadores-recolectores”, “los mbororo”, “los baka”, “los fulbe”, “los musulmanes”, “aquellos a quienes designaba”, “para nosotros”, ”sus “hermanos fulbe”,  etc. Incluso, en una lista en la que aparecen autores y autoras, se limita a decir –sin aspavientos- “otros autores” (p. 36, nota 34).  En definitiva, una redacción clara y sin retorcimientos.

Ahora bien, como he avisado, “todo se pega menos lo bonico” y, por tanto, hemos de enfrentarnos con tres apariciones concretas del dogma inclusivista. La primera es  admisible y puede reforzar la idea de que tanto los muchachos como las muchachas van actualmente a la escuela: “el aumento de las tasas de escolarización entre las y los jóvenes mbororo”.

*

2.-Sin embargo, lo cierto es que la fealdad se introduce luego en forma de barras burocráticas. Perdonarán ustedes mi perspectiva, pero es que no le veo la gracia a este hábito de escribir  reiteradamente con palotes de impreso de oficina. El primer caso aparece en página 253: “Sea como sea, ellas representan ese juego de fuerzas entre lo que los/las propios/as informantes llaman la “tradición” y lo que consideran estrategias de adaptación a los tiempos actuales”. Bastaba referirse a los informantes de ambos sexos (incluso, creo que hubiera reforzado la idea). La fórmula se reutiliza en página 256, donde se habla de “los testimonios aportados por los/las informantes”. Estas citas corresponden al epígrafe 5 del estudio (antes de acabar con un sexto para las conclusiones).

No obstante, ahora que lo releo, es cierto que –de manera imprevista- la varilla había asomado sin venir a cuento en el título del epígrafe 2: “Los/as mbororo en Camerún: el recorrido sociohistórico de un término”. Es curioso, porque luego, como ya dije anteriormente, la autora se olvida de este artilugio y escribe con normalidad en todo el texto. Ustedes se preguntarán por qué le tengo tanta manía a los palotes, pero les confieso que es a causa  de mi torpeza cognitiva: nunca sé si hay que pronunciar “los y las mbroro”, “los mbroro y las mbororo”»los-barra-las mbroro», «los mbroro-barra-las mobroro» o “loslas mbroro” (problemillas derivados de que no coincide lo que pone con lo que se ha de decir).

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3.-En fin, justo es reconocer que el escrito ha pasado bien la prueba de este inquisidor puntilloso. Felicito a la autora por la solidez de su argumentación. Por eso la escogí, porque es una  investigación seria sobre una cuestión relevante. A mí me ha servido para convencerme aún más de la inutilidad de los mecanismos “inclusivos” para la redacción de trabajos científicos.

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[1] Publicado en Revista d’Estudis Autonòmics i Federals. Journal of Self-Gouvernment, 34 (Diciembre 2021).

(Fuente de foto:aquí).

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Dissabtes exclusius. Primer inventari d’estralls.

         Un text fonamental del qual haurem de parlar més endavant: Som dones, som lingüistes, som moltes i diem prou. Prou textos incoherents i confusos. Canviem el món i canviarà la llengua (2021). Fou editat per la insubstituïble Carme Junyent.

         Fem un tast amb un fragment de la magnífica aportació de Marta Marfany titulada “La novaparla inclusiva” (pp. 135-136). El selecciono perquè resumeix les misèries del denominat –incorrectament- llenguatge inclusiu (les negretes són meves):

         “[…].La “visibilitat de les dones”, el “patriarcat”, la “imposició del model heterosexual” i altres expressions fixades apareixen en un debat que hauria de centrar-se en les especificitats gramaticals de les llengües i en com afecten el procés de traducció.

         La censura oficial ho impregna tot. La lletjor és pertot arreu: el “professorat”, l’”alumnat”, l’”estudiantat”. Afecta el gènere, però també altres aspectes de la llengua: a classe un grup d’estudiants s’indigna que el “rei Baltasar” en català pugui dir-se també “el rei negre” –res a dir sobre el “rei blanc” i el “rei ros”-. Tots els textos ofenen algú, en qualsevol fragment és fàcil veure-hi un atac contra algun col·lectiu. Polítics i alts càrrecs universitaris –i de més baixos també- pressionen perquè la nova parla s’imposi: desdoblaments carregosos, nominalitzacions infectes, llenguatge buit, gris, neutre, que no ofengui ningú. Més encara: si poguessin intervindrien –si poden intervindran- en la bibliografia de les assignatures i en el contingut dels textos per traduir.

         Encapçalar un correu amb un solitari “Benvolguts” o parlar de “professors” per referir-nos al col·lectiu ara són mostra d’un pensament masclista, criminal. Cal fer discursos feministes, és a dir, insubstancials, mal escrits, que salvaran les dones –i, de passada, tots els marginats del món- amb quatre paraules lletges i incorrectes.”

Diez maneras de reducir la basura que generas Font:*

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