En el adiós de Rosendo Gervilla. Un respeto.

         Hay, en primer lugar, una Historia del Poder: en el rostro supremo acuñado en la moneda, en la commemoratio labrada en la piedra, en el hito que proclama la victoria militar…Las aisladas señas de la memoria que iban los imperios salpicando por las tierras se hicieron, lógicamente, mucho más sistemáticas con la irrupción y perfeccionamiento del Estado. Cuentan las crónicas que se ha alcanzado ya un nivel realmente totalitario, decidiendo el Poder qué debe ser olvidado o mantenido, reorganizando día a día el pasado desde los planes educativos (cada vez más arbitrarios) y desde los programas para el premio y la subvención.
         Es verdad que, desde Herodoto, Occidente fue acercándose al ideal de una historia objetiva. Jamás logró ser una ciencia, ciertamente, pero, al menos, se fue alejando de la pseudociencia y de la narración interesada. Todos hemos conocido a algún sabio sensible y erudito, a algún hombre honesto desentrañando un archivo. Esperemos que resistan.
         Finalmente, algún lugar ha de darse a los recuerdos de cada uno que funcionan también como alimento colectivo. Me pasó hace unos días, cuando leí el nombre: “Gervilla”. Me acuerdo perfectamente. Era el apellido de un héroe, que dio su vida (y esto es textual) por todos los que, en los años de plomo, nos movíamos por una Barcelona que era objetivo habitual de ETA. Gracias al escrito que ahora transcribiré, supe que detrás de aquel héroe había –como mínimo- dos más (un padre y una madre). También David Gervilla, claro, que ha tenido el acierto de publicar esta reseña en Linkedin. Le pedí permiso para añadirla aquí, ya que la vida de Rosendo, su padre,  era un puntal para la historia de todos y, además, con este humilde gesto podía agradecer, aunque fuera mínimamente, la contribución de este puñado de héroes a nuestra vida en común.

   «Rosendo es un ejemplo de libro de cómo las dos Españas -tanto la casposa y fascista, como la moderna y pseudo-democrática; oligárquicas las dos hasta la náusea- han intentado igualmente helar el corazón a algunos afortunados. Y de cómo la resiliencia humana es casi infinita.

De entrada, digamos que el nacer en una familia rural, anónima y paupérrima, en agosto de 1936, en las Alpujarras granadinas, limitaba ya algo sus opciones de futuro. Por quitarle, le traspapelaron sin solución hasta su apellido paterno, que mira que ya es quitar.

Tras una infancia en Bérchules ayudando a su padre en el pastoreo y sin haber pasado más de unos pocos meses en la escuela, toma solo con doce años un tren a Barcelona para huir del hambre y la miseria. Un tercio de sus hermanos y hermanas no llegarán a la adolescencia y él apenas volverá a ver a su madre. Allí, en escuelas nocturnas acabará una formación básica.

A principios de los sesenta, recién casado, emigra solo a Alemania donde trabajando como soldador a destajo perderá la visión de un ojo. Su esposa le acompañará años después y en Nuremberg nacerá su hijo Miguel, al que llevarán a la guardería en un cochecito repleto de bolsas de agua caliente entre temperaturas bajo cero. En 1968, decidirán volver a Barcelona, a pesar de la insistencia en contra de sus jefes, compañeros y amigos alemanes.

En los ochenta, el desgaste de años de esfuerzos físicos desmesurados le provocará una grave hernia discal y tendrá que jubilarse anticipadamente. El año 2000, el terrorismo caviar etarra asesinará a su primogénito. Su esposa nunca llegará a superar esa tragedia y morirá poco después. Durante la crisis de 2008 y con el beneplácito vergonzoso del Congreso de los Diputados, perderá gran parte de sus ahorros en la estafa de las preferentes.

Y a pesar de todo, Rosendo ha seguido derrochando alegría, humildad, empatía, inteligencia, generosidad, con todos los que le han rodeado.

Qué privilegio poder estar a tu lado ahora, frente a pandemias y carcinomas, luchando aún valientemente para no marchar sin resistencia hacia esa noche eterna. Tu resiliencia me seguirá inspirando hasta el último de mis días.

Gracias por tanto. Te quiero, Papa. Siempre.»

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Visions a contracorrent. L’Eixample com a exemple.

                Molts canvis urbans radicals i que, a la llarga, són valorats amb l’aplaudiments general, no tenen uns començaments fàcils. Els lectors d’aquest quadern potser recordaran les crítiques que van patir les primeres illes per a vianants i que avui ningú no trauria. Per exemple, el Portal de l’Àngel de Barcelona, que era un carrer amb força trànsit rodat.

         Amb una escala diferent, el mateix va passar amb l’Eixample. En un altre lloc, ja havíem vist que la seva imposició i configuració inicial van venir de la mà del Govern central (amb una interpretació agosarada de la normativa llavors vigent) i de l’actuació i insistència de Cerdà. Van tenir  en contra el consistori barceloní i la  pràctica totalitat de les forces vives de la ciutat. Rafel Puget ens recorda, a través de Josep Pla, que la incomprensió també la va sofrir el gran alcalde Rius i Taulet:

         “Ara s’escriuen llibres sobre Rius buscant la seva vida i miracles en els diaris i es pretén unir la seva figura amb el fenomen, merament superficial, de l’Exposició del 88. Jo, que el vaig conèixer, que vaig veure tantes vegades les seves fluents patilles de burgès “victorià”, crec que Rius fou molt més que l’autor de l’Exposició Universal. El mèrit gros, decisiu, de Rius fou haver cregut, com a alcalde, en l’esdevenidor de l’Eixampla [sic], en contraposició amb gairebé tota l’alta burgesia catalana. Això és un fet considerable, sobretot recordant, en perspectiva, l’actuació dels alcaldes que Barcelona ha tingut en l’últim mig segle passat: tots han anat a remolc i a vint anys de retard de la vitalitat de Barcelona.”

                                               Josep Pla. Un senyor de Barcelona.

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«Barcelona en España», ahora en cines.

Me cuenta un buen amigo que se prepara una película sobre el año 1992 y lo que significó para España. Según parece, intenta una revisión crítica. Yo viví la Barcelona de aquellos días, pero no voy a abusar de mi visión subjetiva. Intentaré calmarme y aportar algo a ese relato renovador (no sé si encontrarán un acontecimiento cívico, económico, político y social que le llegue a la altura del zapato en los últimos 100 años de la ciudad pero, en fin, la gente del cine, ya se sabe). Para ayudarles en su tarea, les he preparado un texto que escribí hace un tiempo y que se remite a algunos escritos anteriores sobre la vieja Barcino:

Barcelona en España.

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Barcelona en España.

1.-El viernes cerramos la publicación en este cuaderno de una reseña con el título de “La ciudad que fue”. Era la Barcelona de los setenta. Curiosamente, al día siguiente, el suplemento cultural de La Vanguardia se enlazaba justamente con nuestro artículo y daba a la luz un reportaje denominado “Gabriel García Márquez, el Nobel de Barcelona”. El texto cubría los ocho años de la estancia del escritor en la ciudad (1967-1975) y las celebraciones que vienen sobre El rastro de Gabo en Barcelona.

2.-No acaban aquí las coincidencias porque el siguiente artículo del suplemento citado lleva por título «Barcelona importa” y, en él, Félix Riera desmenuza nada menos que nueve recientes libros en torno a la ciudad condal. Algunos están muy ceñidos al debate electoral, pero otros remontan el vuelo y se adentran en su historia, en sus conflictos, en su función, en su arquitectura y forma… Se detectan signos de estancamiento y, lógicamente, se aventa la lumbre de las meditaciones, de los proyectos, de lo vivido y de lo que se vivirá.

3.-Hemos garabateado aquí varias veces sobre el espejo de Barcelona, pero me gustaría ahora rescatar unos papeles que redacté hace algún tiempo y que llevan por título “Barcelona en España”:

       Barcelona en España (I)

       Barcelona en España (y II)

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La ciudad que fue (y II)

”Tanto cayó que acabé cayendo yo. Todavía no sé de qué me puse enfermo, pero lo estaba. Supongo que la famosa angustia existencialista de Sartre acabó por asentarse en mi estómago y convertirme en un anuncio de La Naúsea, la autocompasión y la ansiedad. Que mis males eran psicosomáticos ya lo sabía yo, pero eso no me impedía despertarme en mitad de la noche con ganas de vomitar sin llegar a hacerlo nunca. El impulso vital del verano parecía arrasado por aquella lluvia incesante. Pasaba las tardes en los cines baratos, a veces viendo dos sesiones dobles seguidas, por retrasar la vuelta a casa. La noche de fuera era la penumbra de dentro. Me recuerdo en la oscuridad, leyendo, a la luz de un flexo, El Cuarteto de Alejandría de Durrell, mientras en el tocadiscos sonaba “Love in vain”:

I followed her to the station

with a suitcase in my hand;

is hard to tell, but all true love is in vain.

When the train comes in the station I looked in your eye

I felt so sad and lonesome that I could not help but cry.

When the train left the station, it had two lights in behind.

The blue light was my baby and the red light was in my mind.

Oh, my love! All love’s in vain.

(Le acompañé a la estación/ con una maleta en la mano./Es duro decirlo, pero todo verdadero amor es siempre en vano./Cuando el tren en la estación la miré a los ojos,/me sentí tan triste y tan solo que sólo pude llorar./Cuando el tren abandonó la estación, dejó dos luces atrás/La luz azul era mi chica y la luz roja era mi mente./Oh, amor mío,/en vano es todo amor.)

Yo entreveía, aunque no entendía, el mal de aquel invierno. Era lo que siempre se ha llamado en español “mal de amores”, que nuestra progresía de ayer solía entender como un perentorio afán sexual con profuso aderezo sentimental. Recuerdo una frase durrelliana: “Ella estaba enamorada del amor”. Yo creía que el amor nos defendía del sexo, cuando es el sexo lo que suele defendernos del amor. Pero eso lo aprendí mucho más tarde.

…Vivía en un “blues”, en una balada triste, en un rock melancólico y de suburbio. En un bar cercano escuchaba una y otra vez en la máquina de discos el primer éxito de los Lone StarMi calle”, que comienza con unos golpes gitanos de yunque en la fragua y un na-na-na de Pedro Gené que recuerda al de Wilson Picket en “La tierra de las mil danzas”:

……Mi calle tiene un oscuro bar, húmedas paredes,

……Pero sé que alguna vez cambiará mi suerte.

Entonces entraban los apostadores del canódromo, sacudiéndose la lluvia y la ruina de la tarde. Y pedían cervezas y vino, con tapas grasientas y picantes, convencidos de que algún día, en alguna carrera, alguna vez, cambiaría su suerte. Yo era uno de aquellos en aquel oscuro bar. Y pedía otra cerveza. Y volvía a poner a los Lone Star”.

***

La ciudad que fue (I)

Federico Jiménez Losantos escribió un interesantísimo libro –La ciudad que fue. Barcelona, años 70– sobre su vida aquí, justo en los años setenta de la fase final del régimen de Franco y los inicios de la andadura democrática. Y digo interesantísimo porque, entre otras cosas, es una descripción indispensable para  entender el faro en el que se convirtió Barcelona en aquellos  tiempos, tanto en el terreno político como en el cultural y de las costumbres. Por sus páginas aparecen los grupúsculos del antifranquismo, las vanguardias artísticas,  el nacimiento del movimiento homosexual, etc. Más que el aspecto político, como digo, es útil ahora el recuerdo de la imagen casi mítica de Barcelona.

Por otro lado, me llama la atención la cita entusiasta –que comparto- de “Mi calle”, de Lone Star, que  en este cuaderno hemos  celebrado ya en una ocasión. Vayamos, pues, con la rememoración del año 1971, a partir de un viaje en moto a la Ciudad Condal. Inevitable, por cierto,  la asociación de este fragmento con otros  trayectos iniciáticos o de descubrimiento a través de la motocicleta de las calles barcelonesas. El primero y principal fue, sin duda, el Pijoaparte de Marsé en Últimas tardes con Teresa, desde el Carmelo hacia la lejana Costa Brava. Pero luego vendrían las travesías nocturnas de la Lambretta de Arcadi Espada en Contra Catalunya, el desnudo mítico en «L’orgia» de Juanjo Puigcorbé a lomos de una Vespino por el centro de la ciudad, etc. Vayamos, pues, al fragmento (las negritas son nuestras):

”El primer viaje en moto fue simplemente suicida: desde Orihuela hasta Gerona, sin parar. Vivaqueábamos en pisos de amigos por aquí y por allá o pasábamos la noche en el campo, con unos sacos de dormir del ejército que compramos en el Rastro. Y así llegué por segunda vez a Barcelona, brujuleando algún piso donde instalarnos en septiembre. Fue, más que nada, un contacto con la ciudad, tan bonita y sudorosa como suele estarlo en agosto. Pasamos sólo una noche en una pensión que conocía Gonzalo, en una calle que desde entonces me encantó: la Rambla de Cataluña, paralela al paseo de Gracia. Al lado de aquella lóbrega fonda estaban el cine Alexandra y su hermanito de bolsillo, el Alexis, que era donde se estrenaban esas películas eurorraras que Terenci, Gimferrer y demás comentaban luego en Fotogramas. Y a la vuelta de la esquina estaba el Drugstore, el de las bellísimas Romy, Gimpera, Serena Vergano y otras criaturas de película de la Escuela de Barcelona. Allí, allí  mismo, el Drugstore,  allí la noche, allí la vida de madrugada y escaparate, con su librería siempre abierta y su restaurante insomne, nocherniego, para artistas, borrachos y cinéfilos. Ésa era la Barcelona que yo buscaba. Más que verla, me la sabía de memoria, con fotos incluidas.

Pero el otoño desbarató la euforia veraniega. Sólo conseguí encontrar, con otros dos amigos de la cantera navarroaragonesa, un piso feotón en la calle Riera de Horta, más allá de la última encrucijada del metro, la de Sagrera, al borde del pueblo industrial de San Andrés, convertido en barrio obrero de color ladrillo y amianto. Bajo nuestro piso había un bar populoso, con su cartera de negocios enfrente: el Canódromo. Fue trasladarnos allí, empezar a llover y ya no paró hasta el mes de mayo. Llovía sobre los perros que se esforzaban detrás de una liebre mecánica, llovía sobre la liebre, llovía sobre los que desde Barcelona y el extrarradio llegaban hasta allí a “apostar a los perros”, título que decidí ponerle a un libro de poemas que no pasó del primero, seguramente por culpa de la lluvia. Llovía también sobre la Universidad, que chapoteaba entre huelgas y holganzas, Aquella huelga endémica me impidió contemplar “la lluvia sobre el patio de la Universidad”, el hermoso patio de Letras, en la Central, que canta Gimferrer en “Arde el mar”. Con la Universidad cerrada, caía sobre mí un aguacero prosaico y melancólico, suburbano sin ciudad, con olor a pasillo de metro, a bar de muchas tapas, a cine de sesión doble, a liebre de cuerda y trapo bajo la lluvia, a la espera de los perros en sus jaulas. En aquel invierno, siempre llovía sobre mojado.”

Vista aérea del Ensanche de Barcelona. Fuente: ***.

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«Anar a viure a Barcelona»

...1.-L’essència de l’activitat dels historiadors rau en detectar què queda del passat i què ha canviat. Advertir, per tant, la subtil dialèctica entre la pedra i l’aigua que corre. Aquesta perspectiva és una bona manera de llegir el següent fragment de Josep Pla, “Anar a viure a Barcelona”. És un article inclòs a al seu deliciós volum Barcelona, una discussió entranyable.  És un llibre imprescindible per a comprendre la ciutat –sobretot, l’Eixample- malgrat que hagi quedat un pèl eclipsat pel seu grandiós El quadern gris. Observi’s que, en ambdós casos, Pla  rememora aproximadament els primers vint-i-cinc anys del segle XX.

*

2.-Per motius d’espai, no podem incloure la continuació de l’article, que és igual de sucosa que el fragment inicial. Recordo que, fa molts anys, en un debat sobre els subjectes decisius en la configuració de la forma de les ciutats, un arquitecte se situà entre les posicions més liberals –centrades en la llibertat de l’individu- i les posicions més socialitzants –confiades en el paper de l’Administració-, tot afirmant que el protagonista realment operatiu eren les famílies. En aquesta línia va precisament la part final de l’article.

*

3.-Pel que fa al tema de la «Galeria de catalanes formoses», al qual al·ludeix Pla, no va ser gens anecdòtic i va tenir un ampli suport dels intel·lectuals de l’època. Pere Corominas va arribar a dir que es tractava de crear en la civilització catalana, la Gioconda dels nostres fills. De fet, la Junta Municipal d’Exposicions d’Art va anunciar un concurs de pintura que premiés el millor retrat de dona. Va guanyar Ramon Casas, amb el Retrat de dona de la Sra. Baladia (1907). Aquí he afegit, però, el retrat amb el mateix autor i model datat l’any 1908. Ambdós retrats van generar diversos escàndols i reaccions que no és pertinent ara de referir.

*

«En el país, el mite d’anar a viure a Barcelona és molt vell i és practicat des de fa molts anys. En aquests últims temps aquesta il·lusió s’ha ampliat a totes les terres pobres de la Península Ibèrica, de manera que avui no hi ha cap desgraciat en aquestes terres que no aspiri a venir a viure a Barcelona. La immigració en massa sobre aquest país s’inicià a l’època de la prosperitat de la primera guerra mundial i s’accentuà amb l’Exposició de Montjuïc i la construcció dels metropolitans. Arribà una gran quantitat de peonatge. L’autobús que d’una manera regular portava gent a Barcelona des de Múrcia fou anomenat el transmiserià. Jo he viscut aquest moment inicial.

        Però en l’augment de la volumetria de Barcelona ha intervingut un altre factor: el factor indígena o català.  Arribar a viure a Barcelona o en els seus voltants ha estat no solament l’ideal de tots els pobres de la Península, sinó el de tots els pobres del Principat, i encara de tota la burgesia catalana provincial. Des del punt de vista de la quantitat, de l’extensió, hi ha una tal diferència entre Barcelona i les altres viles catalanes, que en el moment d’arribar a Barcelona hom sent que es troba en un lloc diferent, davant d’unes possibilitats totalment noves, davant d’un paisatge que des de tots els punts de vista és insospitat.

La immigració de la burgesia provincial catalana sobre Barcelona és un fenomen curiós, perquè no sol ésser corrent en altres llocs. En l’àrea de la nostra civilització, com més pobres viuen en una ciutat, menys rics és possible de trobar-hi, excepte en les temporades convingudes, perquè els rics viuen, generalment, al camp. Però aquí passa al revés: tothom vol anar a viure a Barcelona, rics, pobres i mitjans o menestrals.

Aquest èxode de la burgesia provincial sobre Barcelona té, és clar, unes causes. El factor que tingué més pes en aquest desplaçament fou la por davant les continuades convulsions polítiques i socials que caracteritzen la nostra vida col·lectiva des dels Àustries. En el curs dels segles XIX i XX, el moviment s’accentuà. Durant les guerres napoleòniques, moltes famílies que vivien sobre les seves terres es traslladaren a la capital de la seva comarca. En el curs de la primera guerra civil es desplaçaren a la capital de la província. En el curs de la segona, passaren definitivament a viure a Barcelona. Les convulsions socials del segle XX han rematat aquest èxode d’una manera gairebé completa. Avui l’ideal d’anar a viure a Barcelona es pot considerar com un ideal pràcticament realitzable. A fora, només hi queda la mediocritat, els qui no han pogut arribar a realitzar-lo.

Però a més a més de la por hi ha jugat altres factors. Si les aspiracions d’una família consisteixen a dedicar els seus fills a les professions liberals, Barcelona els ha ofert –almenys en aparença- un camp molt dilatat. Les aglomeracions voluminoses, les ciutats grans, donen a la gent la idea que la intel·ligència humana depèn del lloc on hom viu, que hi ha unes intel·ligències de capital. I com que tothom, avui, vol ésser intel·ligent, no hi ha ningú que no vulgui tenir una intel·ligència de capital. Aquestes fantasies són delirants. Però només la fantasia té eficàcia.

Sigui com sigui, el cert és que en aquest país a l’hivern, tant en el camp com en les petites poblacions, i com –gairebé diria- a les capitals de província, no hi queden més que els qui tenen l’aspecte de no haver pogut marxar. Les persones que necessiten, en aquests topants, una mica de conversació i un polsim d’entregent passen estones molt amargues.

Jo tinc la idea, encara, que en l’atracció que ofereix Barcelona a la burgesia provincial, petita o gran, les senyores hi han jugat un paper molt important, perquè per elles Barcelona és un autèntic paradís terrenal. Barcelona és una població de gran sensibilitat econòmica, sobretot al matí, quan les pessetes es posen a voleiar i la gent les vol atrapar. Per això els homes hi solen tenir un mal humor, una morgue persistent i continuada. Sempre fan mala cara, se solen trobar malament, i molts presenten un color trencat. La sensibilitat econòmica de Barcelona explica per què hi ha tants metges que van tirant. En canvi, les senyores hi maduren d’una manera perfecta, s’hi tornegen, s’hi engreixen, s’hi dauren, s’hi engreixen, en la pura normalitat vegetal. A Barcelona les dones solen ésser boniques. Son boniques les senyores solteres i sovint més boniques les senyores casades. Aquella galeria de retrats de senyores boniques que Xènius proposà anys enrere, sospito que hauria estat de senyores casades.

        […]”

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Rumba blanca. Felices vacaciones.

1.-Hace ya muchos años que me llamó la atención esta canción de Gato Pérez, “A la curva del Morrot”. Es sorprendente el esfuerzo poético, muy poco habitual en las letras rumberas. Por otra parte, creo que nunca acerté a comprender exactamente su sentido, aunque lo intentaré al final de este comentario.

Gato Pérez fue un personaje totalmente irrepetible en una Barcelona que ya no existe (la frase se me ocurrió antes de leer este artículo ***, que conste en acta). Recuerdo que Gavaldà, el líder de Els Pets, había comentado en alguna ocasión el tremendo impacto humano y musical que le supuso el haber conocido al Gato. Creo que le dedicaron una  buena canción, otra rumba innovadora –Digue’m que m’estimes-.

El cantante convirtió Barcelona en uno de sus principales temas. Incluso se atrevió en algún caso a teorizar –en una canción, claro- sobre la pulsión de Titanic que siempre está latente en esta ciudad. He oído que el alcalde Maragall le hizo algún encargo en relación a las Olimpiadas (que él ya no vivió).

No obstante, la aportación más perdurable del Gato Pérez está, evidentemente, en su posición central en la historia de la rumba catalana. Se ha dicho a menudo que fue el sólido eslabón que permitió la posterior explosión del género después de que el Pescaílla se retirara de facto y de que Peret se entretuviera en su etapa más comercial.

*

2.-Por motivos laborales, hubo un tiempo en el que me tocó cada día pasar por delante de la curva del Morrot, en la falda de Montjuïc (todavía existía Can Tunis). Es un espacio un poco a medio hacer, con presencia de algunos descampados con los que la urbe aún no se ha atrevido. En realidad, el Morrot es un acantilado configurado por unas canteras abandonadas (que, en otro tiempo, fueron fundamentales para la construcción en Barcelona).

El castillo está arriba, pero apenas se ve desde la ladera. Es cierto que, a media montaña, un  elegante jardín botánico da un toque inesperado al conjunto. En la base de la montaña, la impresionante llanura de las instalaciones portuarias, las autopistas, vías ferroviarias arracimadas en una vieja estación (todavía operativa). En fin, muchas cosas interesantes que, como me ocurre otras veces, ya se entretuvo en desvelar Xavier Theros –que siempre se me adelanta-.

Archivo:El Morrot.JPG

.-Estación de El Morrot de Barcelona, al final del Ramal de mercancías El Morrot-Can Tunis-Castellbisbal (línea 238 de Adif). Fuente: Ferropedia.

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.-Montjuïc desde el Morrot. Autor: Fernando Álvarez Prozorovich.Fuente: ***.

3.-Reconozco que me encantan estos lugares un tanto desordenados aunque, en este caso, el disfrute era fácil gracias a la fuerza que tiene el espectáculo industrial de la base: las grúas, los contenedores, los barcos, los trenes y los camiones como fichas de un dominó inmenso y preciso… Éste es el lugar elegido por Gato Pérez para situar su canción. Algunos lo entendieron como manifiesto ecologista avant la lettre.  Se basaban en la referencia que hacía el Gato a los “soberbios que al mundo han querido cambiar”. Pero no acaba de encajar esta idea. Creo, más bien, que parece un homenaje al mundo, que quizás esté bien hecho si se tiene la mirada limpia. Es posible que algún conocedor de Barcelona aluda al cementerio de Montjuic, que también ocupa una parte del lugar. La muerte, entonces, explicaría toda la canción y una “rumba blanca” -impura y renovadora, como la suya- sería la obra definitiva y rompedora entregada al futuro.

En fin, les dejo con la rumba (y su letra y traducción)  y les deseo felices vacaciones.

Letra:

A la curva del Morrot,
cap a mig camí del Port
on Montjuïc i el Prat
es fonen en terreny guanyat al mar.
Deixarem el món intacte,
passejant un cos tot nou
amb l’ànima adormida en el llit
del més profond.

:

Allà bufa un vent seré,
poderós i musical
i és més curta la distància
des del cel i des del mar.
I amb la veu més afinada
harmoniosa i singular,
cantaran la «rumba blanca» que tant de
temps han anat cercant.

.

No voldran tornar al camí
que els ha fet tant ignorants,
una perspectiva nova s’obrirà en un instant.
Animals, plantes i humans
no trobaran la seva pau
rodejats per-els soberbis
que al món han volgut canviar.

Traducción (J.Amenós)*:

En la curva del Morrot,

del Puerto a medio camino,

donde el Prat y Montjuïc

ya se abrazan junto al mar.

El mundo seguirá intacto,

nuestro cuerpo será nuevo,

y el alma estará dormida

en la Gran Profundidad**.

.

Sopla allí un viento sereno,

poderoso y musical

y es más corta la distancia

desde el cielo y desde el mar.

Y con la voz más afinada,

armoniosa y singular,

cantarán la “rumba blanca”

que no cesaron de buscar.

.

No querrán aquel camino

que les hizo fracasar,

una perspectiva nueva

al momento se abrirá.

Animales, gente y plantas

ya no encontrarán la paz,

rodeados por soberbios

que al mundo iban a cambiar.

.

*La versión respeta el sentido y es perfectamente cantable en castellano.

**Las mayúsculas son aquí arriesgadas, pero creo que respetan mejor el mensaje.

Y, como regalo, una versión en directo, más cercana a la manera de hacer de El Gato, con sus amigos (donde corrige el coloquial «per els soberbis»  por un más correcto «per mils soberbis»):

 

***

 

 

 

Barcelona en España (y II)

 …1.-La visión casi unánime y un punto acaramelada en la nostalgia del éxito olímpico se troca en combate jurídico y político cuando se trata del Eixample. En algún momento  me he acercado en este  cuaderno a la cuestión y he aprovechado estos días para releer a BASSOLS COMA sobre el tema. En síntesis: el proyecto de ensanche de Cerdà fue una imposición del Gobierno de la Nación, que entendía que tenía competencias sobre la cuestión y que apostaba por una seria transformación – avanzada para la época- en la manera de concebir la propiedad fundiaria, en el proceso de construcción de la ciudad, etc.

Básicamente, a partir de la Real Orden de 20 de febrero de 1854, de derribo parcial de las Murallas, y de la Real Orden de 9 de diciembre de 1858, dictada por el Ministro de la Guerra, el Gobierno afirma que la tradicional competencia estatal sobre defensa y fortificación le permite decidir sobre los nuevos terrenos generados extra muros. Eso sí, la función le correspondería ahora al Ministerio de Fomento.

El 27 de noviembre de 1854 el gobernador civil de Barcelona adjudicó al ingeniero Cerdà, con expresa autorización del Gobierno, los trabajos de levantamiento del plano de los alrededores de la urbe. En cuanto al resto de la historia, permítanme la autocita, ya que resumir es muy cansado en plena canícula (los que hicieron EGB recordarán esa orden terrible de “hacer un resumen”):

      “En una primera fase, el Gobernador Civil de Barcelona adjudicó al ingeniero Cerdá, con expresa autorización del Gobierno, los trabajos de levantamiento del plano de los alrededores de Barcelona. Esta asignación se efectúa en 1854 y ha sido estudiada especialmente por Estapé (2001, pp.163 y ss.). Baste decir ahora que el antecedente fáctico de la resolución fue el nombramiento de Pascual Madoz como Ministro de Hacienda. Según unánime historiografía, se trata de una figura clave en la corriente de apoyo a Cerdá. Fue gobernador civil de Barcelona desde el 11 de agosto hasta el 20 de octubre de 1854. Una vez pasó a ocupar la cartera indicada, ya se nombró a Cirilo Franquet como Gobernador Civil. Éste, el 27 de noviembre de 1854, hizo público el encargo descrito.  Se trataba de un trabajo gratuito, por expresa voluntad del autor, y, además, fue fundamental de cara a la realización de los posteriores estudios. Curiosamente, Estapé (2001, p.166) recuerda que recibió algunas críticas periodísticas, con la agria invectiva, entre otras, de que ya era un mero ex – ingeniero.

            El siguiente paso relevante viene dado por la resolución de 7 de junio de 1859 (publicada en la Gaceta de Madrid de 17 de junio), merced a la cual “se aprueba el proyecto facultativo de ensanche de la ciudad de Barcelona, estudiado por el Ingeniero D. Ildefonso Cerdá”. Este proyecto se correspondía con una autorización previa a Cerdá para este trabajo dada por Orden de 2 de febrero y se aprobaba con las alteraciones propuestas por la Junta consultiva de Caminos, Canales y Puertos (bajo control del Cuerpo de Ingenieros). Según el Gobierno, respetaba la audiencia que debía darse  a la entidad local, ya que “los estudios de Cerdá se hallan en armonía con las bases adoptadas por la comisión de representantes de todas las Corporaciones de Barcelona en la memoria de 28 de junio de 1855 y las discutidas por la comisión nombrada en virtud del Real decreto de 23 de enero de 1856”. Es verdad, no obstante, que –tal como alegó el Ayuntamiento de Barcelona- parece excesiva la previsión del apartado cuarto, que encargaba a Cerdá la presentación del “proyecto de ordenanzas de construcción y de policía urbana para que sobre las mismas recaiga la aprobación del Ministerio de Fomento, y sobre las segundas el de la Gobernación del Reino”. Y apunto lo de excesivas en la medida en que estamos ante tradicionales competencias locales.”(1)

Se dio, como ya es costumbre en el lugar, una oportunidad a la Corporación Local, un “permitir”, que entra también en la larga tradición española:

 …Pero la Real Orden indicada no arredró al Ayuntamiento de Barcelona, que ya había convocado un concurso de proyectos sobre el Ensanche. La decisión de la Junta Calificadora recayó en el trabajo presentado por Rovira i Trias (en 20 de octubre de 1859, según Estapé, 2001, p.234, aunque Babiano, 2007,p.85, anota que el veredicto ya se había hecho público el 12 de septiembre). Se entra entonces en una fase poco estudiada y algo truculenta, ya que el Gobierno permitió la exposición pública de los trabajos del concurso y, en una sala adjunta, el de Cerdá (que, además, se paseaba por los locales, dando lugar a las críticas inmisericordes de Lacasta,1859, y otros cronistas ciudadanos).Por otra parte, el 5 de marzo de 1860 el Ayuntamiento acordaba entregar un Premi de 4000 Duros a l’Arquitecte Antoni Rovira i Trias Per el Plànol de l’Eixample de Barcelona Que Sortí Premiat en el Concurs”. Una paradoja, por cierto, con respecto a Cerdá, que acabó sus días reclamando al Estado las cantidades que él personalmente había adelantado para la realización de sus trabajos.” (2)

  Y la cosa acabó así, cuando ya se perdió la paciencia:

    “El Gobierno dio por zanjada la cuestión con el Real Decreto relativo al Ensanche de Barcelona de 31 de mayo de 1860 (publicado en la Gaceta de Madrid de 1 de junio). Se considera que el resultado del “concurso, posteriormente abierto con el mejor celo, aunque sin favorable resultado, por el Ayuntamiento de Barcelona” no ha de afectar ya al proyecto de Cerdá aprobado en la Real Orden de 7 de junio de 1859 (a la cual nos hemos referido anteriormente).  “(3)

O sea, que el Gobierno nacional –aunque consideraba que en él residía la competencia-  dejó que el Ayuntamiento convocara un concurso que, a la postre, no iba a servir para nada. Existe ahí un tema poco estudiado, referido a las dudas entre  algunos miembros del Ejecutivo, que alegaban la conveniencia de no enfrentarse a la corporación local.

Ensanche-Eficiencia-Energética

[Font: aqui]

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2.-En definitiva, el Plan Cerdá, como proyecto físico, económico y jurídico, fue un acuerdo imperativo del Gobierno central, de acuerdo con las normas vigentes, en contra del parecer unánime de la Corporación Local y de la casi totalidad de las fuerzas vivas de la ciudad. Se trataba de una apuesta política contundente y renovadora.

En la misma línea, hay que decir que Cerdà era miembro –insigne, además- del Cuerpo de Ingenieros de Caminos, un colectivo fundamental para la  articulación del Estado español en el siglo XIX. Es cierto que había obtenido la excedencia, pero ello no impidió nunca al Gobierno considerarlo como un comisionado que estaba dentro del cuerpo funcionarial citado.

Ya en el primer minuto, la intelligentsia política y arquitectónica catalana, desde el militante Puig i Cadafalch hasta el más suave Prat de la Riba,   se apunta a la crítica atronadora contra el Plan. De hecho, el malditismo de Cerdà llega casi hasta nuestros días (Porcioles empezó a romper el silencio y luego Estapé, a través del Instituto de Estudios Fiscales del Ministerio de Hacienda, se encargó de su edición y de la dignificación  académica del autor).

Es  verdad, no obstante, que –con injustificadas pausas y recortes, como ocurre con muchos adelantos – el Plan empezó a funcionar y la potencia económica y creativa de Barcelona llenó aquel dibujo con la explosión de belleza utilitaria que conocemos. Vino luego la bendición técnica otorgada por el GATPAC  ya en los años treinta del siglo XX y los ajustes y contraajustes tan propios de nuestra historia (y también, claro, la corrección de algunos errores en el planteamiento de Cerdà).

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Vista aérea del Ensanche de Barcelona. Fuente: ***.

3.-Pero, evidentemente, el sapo del Ensanche ha sido de difícil digestión para ciertos sectores del nacionalismo. Nada menos que una regla impuesta por el Gobierno español, con una clara superioridad técnica y pensada y acometida por un destacado miembro de un también destacado Cuerpo nacional de funcionarios. Y, encima, un éxito abrumador para la imagen de Barcelona y para su vida cotidiana.

Algunas explicaciones han sido patéticas. Por ejemplo, la piadosa “carrera de proyectos para el Ensanche”, en la propaganda de las  celebraciones del Año Cerdà (2009-2010). No, no hubo ninguna carrera. O el peix al cove de Francisco Martí y Eduardo Moreno (1974): “Por una vez el centralismo sirvió para dominar la estrechez de miras de una burguesía provinciana”.

En resumen, estas dos simples pinceladas de trazo fortísimo en el territorio –los Juegos Olímpicos en el siglo XX y el Ensanche en el XIX- nos pueden servir para plantear una hipótesis en la cual aún habría que profundizar: Barcelona no ha sido una urbe colonial o machacada, sino una pieza clave de las políticas urbanísticas de los distintos regímenes y gobiernos de la España contemporánea: con momentos de sintonía –los Juegos Olímpicos-, de medicina amarga y fortificante –el Plan del Ensanche-, de noviazgo –Porcioles, hombre de confianza  del general Franco y facedor de la Carta municipal y de otras decisiones que el mismo Maragall apuntó en más de una ocasión- y también, claro está, de errores clamorosos, distanciamiento e incomprensión –siempre lo más perjudicial para todos-. Nunca fue fácil, muchacho, negociar con el kilómetro cero. En definitiva, desde el punto de vista urbanístico, ni una Marseille lejana ni una Chicago autosuficiente sino, simplemente, Barcelona en España.

Eixample. En el marco global de esta ciudad tan bien hecha. Fuente:***

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(1) AMENÓS ÁLAMO, J.: «El peculiar estatus de Ildefonso Cerdà como ingeniero de caminos, canales y puertos», en El derecho de la ciudad y el territorio. Estudios en homenaje a Manuel Ballbé Prunés, Madrid, 2016, p.63.

(2)AMENÓS ÁLAMO,Op.cit., p.64.

(3)AMENÓS ÁLAMO, Op.cit., p.65.

(4)MARTÍ, Francisco y MORENO, Eduardo, Barcelona, ¿a dónde vas?, Barcelona, 1974, p. 13.

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Barcelona en España (I)

1.-La ciudad estaba preciosa. Es innegable. De ahí las unanimidades de estos días en el recuerdo de los 25 años de los Juegos Olímpicos. Con su punto de ironía, no obstante, Joaquín Luna nos recordaba que ya se ha empezado a maquillar el relato o, mejor, a afearlo. Pero esto ya es otra historia.

Lo cierto es que Barcelona ya había iniciado muchas transformaciones   relevantes. Por ejemplo, la dignificación del Barrio Chino-Raval o la ejecución de una política muy activa de rehabilitación urbana, con el concepto técnico de “Paisaje Urbano” y con la emblemática campaña “Barcelona, posa’t guapa” (que se inicia en 1985). Hubo también golpetazos modernizadores en los barrios  con el guante de seda del microurbanismo. Se hablaba ya, por ejemplo, de “monumentalización de la periferia”. Y  se acometían igualmente   innovaciones intensas como la ampliación de aceras o la peatonalización  (recibidas con un griterío retrógado que nadie recuerda, como ocurrió en el mismísimo Portal del Ángel). Lo mismo podríamos decir, en fin, de la renovación del transporte urbano, con aquella inolvidable Mercè Sala que, como es sabido, iba a asumir luego la presidencia de RENFE.

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2.-Ahora bien, es verdad que la gran operación fueron los Juegos Olímpicos. En gran parte, la ciudad vive aún de aquella inercia. Cuentan que, llevado por la precisión técnica y la sensación de éxito, Maragall comentó que “el acto de inauguración de los Juegos es la refundación de España”. No sé si es cierto, aunque parece ben trovato. Quizás esté inspirado en la confesión de Luis Bassat –publicista clave en aquellos fastos- comentando que el alcalde le indicó que “quiero que la ceremonia sirva de publicidad de Barcelona, Cataluña y España”.

La verdad es que, en efecto,  la aportación  del conjunto de los españoles fue generosa con Barcelona. No me refiero sólo a los presupuestos generales (siempre se podría  arañar algo más, claro), sino en el compromiso estratégico en muchísimos frentes. No se trataba únicamente del fundamental Samaranch (un catalán decisivo, y no sólo en el plano deportivo de lo olímpico, sino con opinión propia también en aspectos urbanos), sino de una solidaridad efectiva en obras públicas –la vieja cuestión de los accesos a Barcelona-, en instalaciones aeroportuarias,  en diplomacia, en seguridad, etc. Ello no impide reconocer, por supuesto, que el empuje y la creatividad nacieron en las gentes de Barcino.

Construcción de la Ronda Litoral frente al edificio de los antiguos Almacenes Generales de Comercio, actualmente conocidos como Palau de Mar. Enero 1991 . Fuente: Archivo Fotográfico Martí Llorens.

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3.-Sin embargo, esta ciudad tan atractiva (y, por eso, tan cara) no nació en el 92 ni un poco antes, evidentemente. Si las Olimpiadas fueron la gran metamorfosis del siglo XX, el Óscar del siglo XIX se lo llevaría el Eixample, el Ensanche urbano que los turistas recorren incansablemente. No conozco a nadie que pueda apartar los ojos cuando el avión pasa justamente por encima antes de tocar tierra en El Prat. Lo comentamos mañana.

Vista aérea del Ensanche en 1925. ©Arxiu Fotogràfic de Barcelona. Josep Gaspar

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