Sí a la memoria

1.-Periódicamente se reinicia el debate sobre las fórmulas adecuadas para la selección de empleados públicos. Ahora, como señala Chaves en un reciente artículo –»Reforma urgente del modelo clásico de oposiciones» -, probablemente se recrudecerán ante el anuncio de convocatorias de miles de plazas en el empleo público (en parte forzadas,  por el deshilachado estatuto del personal interino en la jurisprudencia del Tribunal de Justicia de la Unión Europea). En estos últimos años se han realizado cambios importantes en los niveles inferiores, pero es cierto que el tuétano de los cuerpos funcionariales de élite resiste férreamente: pruebas públicas, preeminencia del examen oral, temarios colosales, etc.

         Conviene decir, de entrada, que el reclutamiento de empleados públicos es, a nivel teórico, una operación mucho más compleja que la banal captación de trabajadores y colaboradores en las factorías y  sedes privadas. En estas últimas, las reglas están claras y se cifran en el patrón de la rentabilidad (que es un gran invento, por supuesto). Otra cosa es que no siempre es fácil intuir quién va a ser el imán de los futuros doblones.

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2.-Sin embargo, en el campo público se trata de elegir, nada más y nada menos, unos hombres y mujeres que van a integrarse en entidades al servicio del interés general (me refiero al Poder Ejecutivo, ya que en el Poder Judicial, como es fácil suponer, hallaríamos incluso dificultades específicas). Nos movemos en un terreno complejo, en las brumas de un sueño de la razón, en un artefacto siempre mal hecho  (algo parecido ocurre, por cierto, con la contratación pública).

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(Fuente: XXX).

3.-Nos hallamos  aquí ante el radical dilema de la alineación de los clubs de fútbol: todo el mundo lleva un entrenador en su corazón y, por tanto, todos nos atrevemos a hacer la exégesis exacta y adecuada de los principios de mérito y capacidad. En este sentido, el artículo de Chaves es interesante. Muy aguda la propuesta de comentar algunos libros básicos del Derecho público, previamente estipulados. Sin embargo, discrepo en el dardo (no explosivo) que le envía a la facultad de la memoria:

         “Bajo mi personal reflexión, considero, sin tener la llave mágica, que las pruebas memorísticas deberían pasar a mejor vida, pues corren tiempos en que los ordenadores y las bases de datos suplen las posibles carencias de datos e información para la labor pública. Cualquier modesta base de datos localiza, identifica y ofrece normas exactas para cada caso, con mayor fiabilidad que la cabeza de un opositor avezado.

 

         Chaves critica, más adelante, la sacralización cuantitativa de la memoria –y en eso podríamos estar en  parte de acuerdo-.También serían rechazables, añado yo, los recuerdos cosidos a la mente sin saber exactamente de qué se está hablando. Sin embargo, no cabe negar –y  el autor citado lo admite en algún momento- que el esfuerzo de aprender par coeur construye, al menos, unos  buenos cimientos de vocabulario. Esto es algo fundamental en la disciplina jurídica que, en el fondo, no es más que una rama de la retórica.  Pero no acaba aquí mi defensa quijotesca de la memoria.

Para algunas tendencias, la memoria equivale a la inteligencia en acción. Mi ignorancia en el campo neurológico me impide juzgar lo acertado de esta postura. Ahora bien, creo que antes de buscar en las redes y bibliotecas virtuales qué es el “anatocismo” –por ejemplo- puede ser útil saberlo ya de antemano. Igualmente, se gana mucho tiempo si se sabe qué se esconde bajo la expresión “Duero” (y si sabes el Tajo y el Ebro tampoco va mal). Hemos de trabajar más en  la formación, sin duda, de la memoria de relación, de la memoria de lo que realmente se vive y se comprende e incluso de la memoria visual. Pero me opongo  a su  destitución, aunque sólo sea para determinar cuál es la primera palabra que va a ser tecleada en la base de datos.

Y ya no entro, en estos días de primavera y pasión, en la espinosa cuestión filosófica de que, probablemente, no somos más que un trozo de memoria, cada día más frágil, embarrada en la humedad inminente del olvido.

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[Por cierto, para los que sean de Barcelona y alrededores, les comento que Chaves viene el 27 de abril para hablar sobre el contenido de su último libro. Copio de su blog:

«Por otro lado, en Barcelona, el próximo día 27 de Abril de 2017 (9,30-13,30) tendré ocasión de participar en el Seminario de Actualización de la Función Pública Local, organizado por la Federación de Municipios de Cataluña según este Programa. Me ocuparé de disertar sobre el Control jurisdiccional de la discrecionalidad técnica: control de los abusos y errores de los procedimientos selectivos.]»

 

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Vivir el Derecho

1.-Con el nuevo calendario semestral, el curso empieza dos veces cada año. Hemos tenido hoy, pues, la primera clase. Reitero la idea, que ya he expuesto por aquí en alguna ocasión, de la imposibilidad de estudiar Derecho –seria y profundamente- antes de los cuarenta años.

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2.-Por supuesto, hay soluciones para curar esa carencia y para notar –aunque sea con anestesia- la punzada del Derecho en la vida de cada uno. En primer lugar, acercarse y nutrirse de las personas que lo ejercen: intimen ustedes,  queridos alumnos, con jueces y fiscales, con abogados, con algún Inspector de Hacienda, con aquel notario de Pamplona que vino a la movida y que debe estar ya muy mayor (de la quinta de Sabina, más o menos), con los agudísimos agentes de la propiedad inmobiliaria  -hacedores cotidianos de contratos-, etc. En segundo lugar, hay que meterse en los documentos reales: en las sentencias, por supuesto, pero también en los contratos mal redactados, en las multas ininteligibles, en los frondosos boletines oficiales…Afortunadamente, internet es un venero inacabable para estos menesteres. No creo mucho en los “casos prácticos” –casi siempre de laboratorio- y pienso más bien, como decía mi admirado internacionalista Joan Lluis Piñol, que “la práctica se aprende en tres meses” (la teoría cuesta años).

Y, en fin, como tercera herramienta, echarle un vistazo a la prensa. Decía hoy mismo Arcadi Espada, en su crónica del pleito cireneo, lo siguiente:

…        “Estaba declarando el funcionario Alsina, inspector de Enseñanza, que explicaba sus honradas costumbres. Lo primero que hace cada día, cuando llega a su despacho, es leer el Boletín Oficial del Estado y el Boletín Oficial de la Generalitat. Las razones son las mismas, eternas, del lector de periódicos: debe ir colocando el mundo en su cabeza.”

…        Pues bien, lo que hoy son reglas ya promulgadas en el BOE un día fueron noticias y debates periodísticos. Casi todo fue –y será- prensa. Es más, yo era de los que disfrutaba  del diario de papel, por aquello de ir pasando del mundo al suceso, sin zigzaguear a golpe de “click”, como hoy hacemos. Otra cosa es que el nivel del análisis jurídico deba mejorarse, a la manera en que lo han hecho ya las magníficas secciones de economía de nuestros rotativos (la verdad es que no puedo entender por qué todavía no me han contratado).

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3.-Me emociona a mí mismo la defensa de los periódicos que acabo de realizar. Después de la clase, me acerco a Barcelona, donde Lucía Casado nos ha hablado, en el seminario de la Pompeu Fabra, sobre los tormentos que le advienen a la potestad normativa local a raíz de la nueva legislación sobre procedimiento administrativo común (bajo la capitanía del Dr. Argullol y con la eficiencia de Clara Velasco, este seminario se está convirtiendo en el ágora de referencia de la especialidad en Cataluña).

Ya sabemos que el invierno es corto y el tren avanza para beberse el sol que, en pleno febrero, anticipa una primavera desmedida y nos recuerda lo mejor que hubo en nuestra vida. Collserola: el nombre siempre me pareció muy forzado y por mi parte prefería el más popular y menos culto de Tibidabo, que creo que defendió Xavier Borràs en unos trabajos sobre el tema en los que nos envolvimos hace ya muchos años (con Miquel Sodupe Roure y Xeles Gil-Vernet en jefatura).  Hemos recorrido esta sierra pequeña y bellísima con los pies, con los ojos, con el corazón y con la mente más racional y fría. Pero, sobre todo, la entendí mejor en algunos artículos inolvidables de Joan Barril.

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Here comes the son, fortunately.

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Jerarquías

1.-Hace unos años, conocí a un profesor que, desde el primer momento, dejó claro que no trataría a todos  por igual. Comunicaba sin rodeos que sus mayores atenciones se volcarían en los alumnos más esforzados y con mejores calificaciones provisionales. No creo que ello le llevara a romper la igualdad ante la norma, pero le cayeron en los pasillos las previsibles murmuraciones y en las recién inauguradas “redes sociales” las implacables acusaciones de favoritismo.

Lo cierto, no obstante, es que la vida profesional y académica se articula a través de jerarquías. Cosa diferente –y nada fácil- es decidir cómo se forman. Por otra parte, el estudio de cualquier jerarquía –por ejemplo, las artísticas o las científicas- nos muestra su esencia móvil: gracias a la crítica permanente, las posiciones varían constantemente y nadie puede imaginar ni siquiera por aproximación cuál va a ser el veredicto del futuro.

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2.-Las denominadas “redes sociales” implican –per se– un reto a la pirámide jerárquica. A lo sumo, construyen clasificaciones en base al número de consultas y al ya famoso aunque abisal algoritmo. En consecuencia, la cuestión de la jerarquía se mantiene e incluso se nos impone con más ansiedad que nunca. Así, por ejemplo, podría ser quizás un buen artilugio para salir de la vigente fase de la posverdad.

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3.-En fin, me vinieron estas reflexiones a raíz de la lectura de estos días –a la que he aludido en alguna ocasión- de la biografía Juan Belmonte, matador de toros, bajo la pluma de Manuel Chaves Nogales. El diestro nos regala una luminosa descripción de un mecanismo jerárquico construido por una pandilla de zagalones torerillos. No voy a incluir aquí el modo en que Belmonte subvirtió el listado, ya que esto destriparía la historia. Sin embargo, eso sí, pasó a torear siempre después de Riverito (las negritas son nuestras):

El respeto a las jerarquías

…   […]

Cuando llegábamos al cerrado, apartábamos una res, la que mejor nos parecía, de ordinario la más grande que encontrábamos. Por lo general, lo que había allí era ganado de media sangre, reses que llevaban al matadero. El animal, penosamente apartado por nosotros, no se decidía a embestir más que cuando después de mucho acosarle daba dos o tres vueltas y se convencía de que no tenía escapatoria. Toreaba primero Riverito, que era el que tenía más prestigio en la pandilla. Los demás esperábamos pacientemente a que nos llegase nuestro turno, sin que ninguno se atreviese jamás a dar un capotazo inoportuno. Cuando Riverito terminaba de torear, alargaba la chaqueta al segundo de la pandilla, y así, siguiendo un  orden estricto, toreaban todos, cada cual en el puesto que le correspondía. Las jerarquías de aquella pandilla de anarquistas se respetaban religiosamente. El que toreaba mejor cogía primero la chaqueta; el menos diestro era, inexorablemente, el último en torear. La categoría de cada uno se reconocía tácitamente por los demás, y jamás hubo entre nosotros más privilegio que el del propio mérito, unánimemente acatado. Yo empecé siendo el último. Cuando ya todos habían toreado a placer me alargaban la chaqueta para que hiciese lo que pudiera. Naturalmente, poco podía hacer.”

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Forma y ambiente.

1.- La reciente desaparición de Iván Tubau ha devuelto a la actualidad su histórica entrevista con Josep Tarradellas, publicada en Diario 16 el 15 de agosto de 1982 . Se lee en ella el siguiente párrafo:

…    Iván Tubau –Si le parece, podemos empezar hablando de corbatas y faldas. ¿Por qué le molesta que los hombres lleven abierto el cuello de la camisa y las mujeres se pongan pantalones?

.…Josep Tarradellas– Es una cuestión de orden moral.Éste es un país que no tiene “tenue”. La gente viste mal, muchas veces adrede, porque piensan que queda más de izquierdas. Cuando llegué, el espectáculo era desolador. Acababa prácticamente de tomar posesión como presidente de la Generalidad, cuando entró en mi despacho una secretaria que me traía unos documentos a la firma. Una chica muy mona, muy guapa, muy simpática…con pantalones. Le digo: “Haga el favor de ir a ponerse una falda” ”¿Qué quiere decir?¿Lo dice en serio?” Estaba asombrada. “Naturalmente que lo digo en serio”. Lo entendió. Volvió al cabo de media hora, con falda.

Una mujer puede llevar pantalones en su casa (mi mujer siempre los lleva), o un hombre ir sin corbata, pero salir así a la vida pública es contribuir a que el país dé la sensación de tronado.”

…     ¡Cómo ha pasado el tiempo! De todos modos, no está de más recordar aquella brillante respuesta de un economista catalán cuando le preguntaron por la vestimenta de Zuckerberg –el gran patrón  y cofundador de Facebook-  en sus reuniones con empresarios e inversores y que, como es sabido, consiste en sus informales camisetas: “Hay que tener mucho dinero para ir vestido así”.

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2.-Lo importante de la Universidad es que se produzcan buenas clases y magníficas investigaciones (y, principalmente en esto último, el avance es evidente). Hace unos años –en el período 2006-2007- organicé un curso con una puntuación eliminatoria que permitió llegar a ocho finalistas (con correcciones, claro). Las pruebas consistían en exámenes orales y, en la votación decisiva, los mismos estudiantes participaron con papeleta secreta (y lo hicieron, doy fe, con absoluta seriedad). Los ocho estudiantes fueron distribuidos en dos grupos: uno de titulares y otro de suplentes. Gracias a una ayuda de la Facultad de Derecho –recuerdo la intermediación decisiva al respecto del entonces vicedecano Josep Maria de Dios-, pudimos organizar una simulación real de una prueba oral de oposición –sobre el temario de Derecho Administrativo I- ante un Tribunal de lujo: dos abogados del Estado –uno de ellos era Pilar Fernández Bozal-, un magistrado –Xavier Bonet– y un Secretario de Administración Local –Ignacio Soto-.

…     La prueba fue muy bien y, después de la evaluación, los miembros del Tribunal comentaron los sistemas de acceso a sus respectivos cuerpos. Asistió, por supuesto, toda la clase, que pudo así seguir la intervención de sus compañeros y la explicación posterior del Tribunal. Creo que la máxima calificación, si no recuerdo mal, se la llevó Andrea Viale, una extraordinaria estudiante guatemalteca, que me parece que anda  ahora  por el despacho de Garrigues.

…     Aquel día, solicité a todos los  alumnos que, el que quisiera, viniera vestido con traje o americana y corbata los chicos y con traje chaqueta o similar las muchachas. También fue un éxito. Por supuesto, estaban guapísimos. Cómo cambia el ambiente. ¿Se imaginan ustedes una universidad así, pulcra, seria, sin pintadas y sin faltas de ortografía? Antes de disparar, no me vengan con la monserga del clasismo: el campus está lleno de vaqueros y casual wear  mucho más caros que  la vestimenta de los estudiantes en aquella ocasión.

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…     3.-Por supuesto, ya he dicho antes que lo importante son las clases y la investigación y que el hábito no hace al monje. Por otra parte, ya sé que los  modos han  variado de manera radical. Pero cuando veo a algunos padres y alumnos en el día de la graduación con sus mejores  atuendos, incluso en la mismísima Facultad de Letras –siempre más revoltosa y de estética dudosa-, me viene a la cabeza la idea de que una institución es respetada cuando se respeta a sí misma. No sé exactamente si esto tiene que ver con la etiqueta, pero alguna relación subconsciente habrá…

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PD: por ejemplo, *1 y *2 (este último, anteayer mismo).

 

 

 

 

La criba

1.-Existe una versión castellana del libro de Toni Sala Petita crònica d’un professor de secundària. Por tanto, preferí no manosear el texto con una traducción de urgencia. Leer catalán o gallego quizá no debería ser entre nosotros un obstáculo insalvable. A veces pienso que tienen razón los que defienden que el castellano no demasiado normativizado y el catalán prefabriano eran dos hermanos sólo separados por una pronunciación diferente y algunos vocablos del lugar.

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2.-El texto de Toni Sala me golpeó hace ya muchos años. Al repasarlo, encuentro idéntica frescura que en aquellos días. Escribe muy bien, indiscutiblemente. Me encanta, además, su visión seria de la educación –le zurraron mucho los pedagogos dominantes- y la mirada tierna del observador que siente el paso del tiempo. Por otra parte, en fin, el alargamiento de la esperanza de vida nos permite situar el fin de la adolescencia más o menos a los veinticinco años (e incluso más), con lo cual prácticamente todo el ciclo universitario queda incluido en ella. No veo apenas diferencias entre lo que explica Sala y lo que veo –sólo algunos matices-.

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 3.-Lo triste de la educación formalizada es que incluye dos operaciones: instruir y examinar. Como es sabido, la segunda se ha comido a la primera. Veamos, pues, qué nos dice Toni Sala sobre la criba, sobre el garbell:

 

“Per aprovar o per suspendre algú necessito distància.

Hi ha la nota més o menys objectiva dels coneixements, i has d’acabar-t’hi agafant, però les coses no són tan senzilles. Tinc davant meu persones en formació, persones, persones fràgils fins a la misèria –la misèria d’uns cossos que poden ser esclafats, rebentats, humiliats per una mínima força física; aquells dos germans que volien travessar el pont d’Esparreguera amb el cotxe, els dos guàrdies civils negats-, però que també tenen la força extrema de la joventut, una força que ells desconeixen tant com la pròpia debilitat: i si el desconeixement de la debilitat no els fa més dèbils, el desconeixement de la força sí que els fa encara més forts. Qui sóc jo per actuar de semàfor, i què ha d’importar-me, a mi si saben o no saben escriure o pensar?

Sovint tinc la sensació que em paguen perquè garbelli. Perquè em posi una escafandre de bus i em submergeixi en la persona –l’expressió! La profunditat!-, perquè els extirpi una mostra del text –del teixit-, perquè l’analitzi i dictamini.

Perquè un professor, o avalua el teixit de l’alumne –i garbella més que no forma- o bé ha de ser conscient que a cada examen s’examina a si mateix. I qui s’examina i s’inculpa i es fa responsable de res?

[…]

 

Sobre els resultats d’un alumne. Ho veiem en els adults, però amb els alumnes passa igual. No hi ha res constant. Les evolucions d’un curs a l’altre s’acceleren, s’aturen, reprenen la marxa.

 

Quant de temps hem passat hivernant, esperant-nos a nosaltres mateixos? Quant de temps hem esperat a emergir? Quant de temps passarà, abans que tornem a aturar-nos? Quant de temps de vida tenim, en aquesta vida?

 

Hi ha alumnes que queden parats i n’hi ha que esclaten com una llavor, quan menys t’ho esperes.”

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Apuntes en torno a “Sobre el estudiar y el estudiante (primera lección de un curso)”, de Ortega y Gasset (y II)

1.-El problema planteado por Ortega es más profundo en el campo del Derecho. En efecto, en alguna ocasión he defendido que es imposible estudiar Derecho antes de los veinticinco, treinta  o más años (mejor cuarenta o más). El muchacho de veinte años es un auténtico imberbe jurídico. Para empezar, no ha vivido la cuestión de adquirir o alquilar una vivienda (con la honrosa pero muy relativa excepción de los alumnos foráneos con arrendamientos temporales). No se ha envuelto en un préstamo hipotecario. No ha establecido una relación jurídica matrimonial (o equiparable) ni ha notado en sus carnes la posterior ruptura, que el ordenamiento organiza. Normalmente, por cuestión de edad, su familia no ha sufrido el impacto de una muerte seguida de un proceso hereditario conflictivo.

Este alumno aún no declara anualmente su renta a la Hacienda Pública ni firma todavía un contrato laboral del cual dependa su subsistencia. Quizá la relación jurídica más intensa con la que se enfrenta es la  multa por infracción de tráfico (por eso cada año no faltan un par de preocupadas preguntas al respecto).

… En definitiva, sólo con el aguijón de los hirientes fenómenos citados podría hablarse de un auténtico y sincero estudio.

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2.-El remedio que propone Ortega es el siguiente: “es preciso volver del revés la enseñanza y decir: enseñar no es primaria y fundamentalmente sino enseñar la necesidad de una ciencia, y no enseñar la ciencia cuya necesidad sea imposible hacer sentir al estudiante”.

La propuesta orteguiana es radicalísima y difícil. Presentar “las soluciones de la asignatura” es sencillo (incluso yo mismo puedo hacerlo). Pero excavar las vetas que justifican la necesidad de una ciencia y exponer con rigor el mineral extraído es una tarea para férreos músculos intelectuales y docentes.

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3.-El atractivo programa de Ortega choca con otra complicación. En nuestra educación reglada, enseñar es, a la vez, educar y también evaluar. Esta segunda (y desgraciada e inevitable) función es complejísima cuando hay que examinar  si el alumno ha penetrado en los nudos problemáticos de la disciplina. Una prueba sobre “soluciones” puede plantearla y corregirla un ordenador para videojuegos. Pero una evaluación de los nudos conflictivos de la asignatura obligaría a larguísimas charlas con el futuro licenciado y casi, como decía don Agustín García Calvo, a un “curso indefinidamente abierto”.

Son imponentes, pues, los obstáculos a la instrucción orteguiana. De hecho, creo que no  llegó a desarrollar directamente estas tesis en sus escritos sobre pedagogía y, en algún punto, chocan con las conclusiones de su “Misión de la universidad”. Sin embargo,  estaríamos de acuerdo en que las cabezas que van a vencer las peores enfermedades o que van a construir los más sólidos edificios aparecerían con más facilidad en los modelos de enseñanza que más se acerquen al ideal orteguiano.

 

OPORTO. PUENTE DE LUIS I, diseñado por T. Seyrug y A.Maury, discípulos de Eiffel.
OPORTO. PUENTE DE LUIS I, diseñado por T. Seyrug y A.Maury, discípulos de Eiffel.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Apuntes en torno a “Sobre el estudiar y el estudiante (primera lección de un curso)”, de Ortega y Gasset (I)

1  1 .-Una de las actividades más gozosas (y, por tanto, más útiles) que he podido realizar en estos años en la biblioteca de nuestra Facultad de Derecho ha sido la consulta de un viejo ejemplar (de los años sesenta del pasado siglo) de las Obras Completas de don José Ortega y Gasset, en la canónica edición de Revista de Occidente. No voy a comentar aquí su “Misión de la universidad”, que es un ensayo excepcional. Recuerdo una vez que mi admirado colega Rafael Grasa comentó desde un alto púlpito que era lo mejor que se había escrito nunca sobre este concreto tema.

No voy a ser tampoco tan estúpido como para descubrir ahora la impecable escritura orteguiana. Algún autor ha llegado a decir que es tan bella y de tan perfecta factura que puede convencerte de cualquier cosa. Comentaré hoy, dadas las fechas, un breve y precioso artículo de 1933 que lleva el título que indico en el encabezamiento.

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2.-Para Ortega, estudiar es una falsedad. El estudiante no siente en absoluto la necesidad del estudio, ya sea en general o, más aún, de una concreta materia. Se trata de  un imperativo que se le impone desde fuera, que no brota de él. Esto es más grave a medida que las ciencias aumentan y los saberes se almacenan en las celdillas cada vez más pequeñas de la especialización:

¿Quién va a pretender que el joven sienta efectiva necesidad, en un cierto año de su vida, por tal ciencia que a los hombres antecesores les vino en gana inventar?

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3.-Esta cruda contradicción de la pedagogía no se aclara aludiendo a la exquisita minoría de interesados (que no son más que algún caso aislado) o a la vaga curiosidad del tipo “me interesan las letras”. Es abismal la distancia entre los sedientos constructores de las disciplinas y los obligados alumnos a los que se ingurgitan las soluciones preestablecidas.

El autor nos recuerda que tampoco cabe resolver la papeleta con la propuesta de no estudiar. La transmisión estructurada de los saberes es imprescindible para la supervivencia de la sociedad.

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El oyente

 …       1.-La vigente legislación universitaria ya no contempla la figura del oyente. Lo mismo ocurrió, como ya denunció el profesor PARADA hace tiempo, con el derecho a examen por libre (es decir, limitándose a acudir el día de la evaluación final).

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…      2.-Sin embargo, ambas posibilidades tenían perfiles muy provechosos. En el caso del oyente, constituía una señal de la calidad de la clase magistral (era un prestigio natural y desinteresado).

…         En el caso del examen libre, permitía la obtención de títulos oficiales por estudiantes de gran nivel que no precisaban perder el tiempo en las aulas (como es fácil intuir, no estoy hablando aquí del espabilado que acude a probar suerte, ya que una gran parte de estos exámenes libres eran orales o se basaban en dilatadísimos programas y no había bromas).

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   …      3.-Venía esto a cuento porque el otro día me di cuenta de que había cambiado de estantería al machadiano maestro Juan de Mairena y, al corregir el error, me vi obligado a abrirlo y perderme otra vez en aquel manual de vida para cualquiera que se interese por las cosas de la docencia:

»      XXVI

(El oyente.)

       El oyente de la clase de Retórica, en quien Mairena sospechaba un futuro taquígrafo del Congreso, era, en verdad, un oyente, todo un oyente, que no siempre tomaba notas, pero que siempre escuchaba con atención, ceñuda unas veces, otras sonriente. Mairena  lo miraba con simpatía no exenta de respeto, y nunca se atrevía a preguntarle. Sólo una vez, después de interrogar a varios alumnos, sin obtener respuesta satisfactoria, señaló hacia él con el dedo índice, mientras pretendía en vano recordar un nombre.

   …      -Usted…

 …       -Joaquín García, oyente.

…         -Ah, usted perdone.

 …        -De nada.

        Mairena tuvo que atajar severamente la algazara burlona que este breve diálogo promovió entre los alumnos de la clase.

…         -No hay motivo de risa, amigos míos; de burla, mucho menos. Es cierto que yo no distingo entre alumnos oficiales y libre, matriculados y no matriculados; cierto es también que en esta clase, sin tarima para el profesor ni cátedra propiamente dicha –Mairena no solía sentarse o lo hacía sobre la mesa-, todos dialogamos a la manera socrática; que muchas veces charlamos como buenos amigos, y hasta alguna vez discutimos acaloradamente. Todo esto está muy bien. Conviene, sin embargo, que alguien escuche. Continúe usted, señor García, cultivando esa especialidad.”

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