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En sus orígenes, la universidad era, sobre todo, la fundación de una tradición. Los nuevos aprendían de los más antiguos y, llegado el momento, se atrevían a desafiarlos. Se trataba de criar cuervos con método para que sacaran los ojos de una forma civilizada. Esto es, usando la razón y también el agradecimiento por haber caminado a hombros de gigantes.
Por eso hemos impuesto en nuestros cursos la regla de que uno o más alumnos del año anterior expliquen el primer día a sus compañeros cómo fue el curso precedente con ese profesor y esa asignatura. Por supuesto, todo esto se hace a puerta cerrada –como es propio de una auténtica clase- y con el docente fuera y esperando tranquilamente en la cafetería. Bastan quince o veinte minutos. Esto es más que suficiente para que se desgranen informaciones diversas, consejos, trucos, advertencias y críticas. También, claro, para que se ablanden imágenes monstruosas sobre implacables calificaciones (hay que tener en cuenta que los exámenes son orales, según norma ya consolidada).
Evidentemente, cada año traerá novedades y el ritmo del tiempo se impondrá sobre los proyectos iniciales. Sería horrible un curso que respetara el programa al cien por cien, sin permitirse una sorpresa, un desliz o un descubrimiento. Pero la lección de los veteranos asegura la continuidad institucional.
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